(proyecto en proceso)
Leibniz escribió una vez: “la música es un ejercicio de aritmética secreta y el que se entrega a ella ignora que maneja números y logaritmos”.  El sonido esconde una dimensión codificada y subliminal: no son más que vibraciones de aire cargadas de significado y su registro es descifrable de manera matemática y física.

Trabajo con aplicaciones de sonificación que traducen información auditiva en información gráfica a través de logaritmos y códigos binarios. Así, sonifico mi propia caligrafía para atribuir señales auditivas específicas a cada letra y cada cifra y configurar un nuevo código de fonemas. Cada sonido emitido dibuja la letra manuscrita en el espectograma sonoro. La caligrafía, como la voz humana, son restos indelebles de un “yo”, inequívoco e intrínseco, que participa en un canal de comunicación. Decir con nuestro lenguaje es reconocer, hacer reconocible lo percibido y fundamentarlo en el orden de nuestros acontecimientos, y la caligrafía y la voz son las huellas imborrables de la conciencia que actúa.  

Sin embargo, la sociedad de la información en la que vivimos ha descorporeizado los canales de comunicación. Internet y los dispositivos tecnológicos evitan la co-presencia de los cuerpos para el intercambio de información. Así, los gestos y la singularidad se borran en virtud de la efectividad, facilitando la viralidad y la especulación informativa. El lenguaje pierde así su capacidad poética y su valor de verdad. 





Inconsciente vital al que le se atribuyen falsos rigores

archivo de audio 20´43”
sistema de traducción simultánea
Círculo de Bellas Artes
2020

Espectogramas obtenidos a partir de la sonificación de mi propia caligrafía, realizados a través del sintetizador virtual ANS y del software phonopaper




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